El sudor caía por mi cabeza hasta llegar a mi cuello
y fusionarse con mi camiseta. Lo reconozco, estaba nervioso. Era mi primera
vez, pero, bien mirado, no tenía nada que perder, para eso estaba allí. Estaba
allí para morir, y que por fin alguien me hiciera el favor de matarme, aunque
fuera la pistola. No tenía necesidad de dinero, ni mucho menos. Pero sí tenía
necesidad de morir, lo necesita, ya no aguantaba más. Dejé todas mis
reflexiones de lado y me di la vuelta para coger el revólver, que estaba ahí en
la mesa, plantado frente a mí, provocándome, llamándome, insistiendo en que lo
cogiera y le diera al gatillo. No lo dudé más, la pistola me llamaba y yo solo
respondía. Pesaba más de lo que pensaba y al cogerla me temblaron las manos, me
la puse en la cabeza, como había imaginado muchas veces, cerré los ojos y
apreté. NADA.